Ella había llegado un día a su vida, y desde entonces él sabía
que siempre había alguien. Ella no era fácil pero él sabía que le taparía el
viento y en sus ojos encontraría la luz
que le guiaría en cualquier camino oscuro. La gente dice que todos tenemos un ángel
de la guarda en alguna parte en algún sitio; desde que la conoció; él sabía que
era ella. Él ya no estaba pero ella
conservaba y repasaba una colección de imágenes mentales; las conserva y las
mima como uno cuidaría una flor delicada; ya que esos recuerdos llenarían esos más
de 60 días. Ella había dejado unas pesadas maletas cargadas
como yunques con recuerdos; sin embargo, jamás se había sentido tan ligero como
desde que la conoció. A él le acompañaba un perfume a tabaco incluso cuando no
fumaba, esos cigarrillos le proporcionaban una aureola brumosa y daba la sensación
que le cosquilleaban el cerebro, pues siempre le provocaban risas. El tenía una
mirada dura, que helaba. Cuando él hacía
algo mal ella decía “ni una vez más” pero como siempre, su corazón tenía una relación
más directa con sus labios. Su corazón no
era el más sólido del mundo pero creía en su entusiasmo, y nadie podría detenerla.
Cuando él la abrazaba, ralentizaba su
ritmo cardiaco apoyando su cara en su pecho; al final terminaba cerrando los
ojos y sonriendo. Ella esperaba que sus
recuerdos no se borraran poco a poco bajo el peso del tiempo. Ella se había
cruzado con unas cuantas sonrisas generosas a lo largo de su vida; sin embargo;
la que él a veces la dedicaba; era la más generosa sin duda que había visto
jamás. Él había tenido ganas de confesarle todo el estima y reconocimiento que
sentía por ella, multitud de palabras vacilaban su boca, pero se negaban a
franquear el dintel de sus labios; le quedaban sus brazos, así intentaba
trasmitirla el mensaje estrechándola contra él con todas sus fuerzas. Él tenía
una paciencia infinita, ya que ella se dedicaba a perturbar su vida, a quitarle
la paz y la calma. Aunque ella conocía
de más y de sobra esa sensación de
injusticia, jamás lograría acostumbrarse
a algunos de sus actos. Ella
sabía que este vínculo no era fácil todos los días. Él se comportaba como un
jugador de pocker; jamás mostraba sus miedos y sus dudas. Se conocían; lo hacían desde el primer momento;
todo lo demás no importaba; ella le creía a él y él no dudaba de ella; todo lo
demás no importaba. Él no la dio ni oro, ni plata; sino cosas para su aprecio
de mayor importancia; entre las otras: sus peores días, con sus malas caras y
miradas. Él no estaba allí para rendir cuentas a nadie, estaba allí para
rendirse él. Su voz la reconfortaba como
un cálido y esplendoroso fuego de chimenea en una noche cálida de invierno.
Ella no iba a ser sustituida, pues él no había sido capaz de controlar aquella
magia. Ella era su camello favorito. El seguía en la azotea, ella nunca estuvo a la
altura... Ella lo que jamás había sentido era el contacto amigable de aquella
mano que meses atrás se había mostrado insensible, lo que nunca había visto en
él era la luz tenue y melancólica de aquellos ojos en otros tiempos de mirada
arrogante; ya no vio la menor sombra de separación que la hiciera temer que iba
a perderle… nisiquiera esos más de 2000km.
lunes, 30 de julio de 2012
lunes, 16 de julio de 2012
Ecosistema
El día de mi cumpleaños, mi compañero de piso me regaló un bonsái y un
libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería,
con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron
entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían
perjudicar al bonsái. En diciembre, una mañana, a la hora de regar, me
pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia
y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo.
En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los
insectos. A principios de verano, escondida entre las raíces del bonsái,
encontré una mujercita desnuda. Espiándola con sigilo, supe que comía
los huevos de los nidos. Ahora vivo con ella, y hemos ideado el modo de
cazar a los pájaros. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi
compañero, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un
homenaje al desaparecido.
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