lunes, 30 de julio de 2012

Todos tenemos un angel de la guarfa; en alguna parte, en algún sitio


Ella había llegado un día a su vida, y desde entonces él sabía que siempre había alguien. Ella no era fácil pero él sabía que le taparía el viento  y en sus ojos encontraría la luz que le guiaría en cualquier camino oscuro. La gente dice que todos tenemos un ángel de la guarda en alguna parte en algún sitio; desde que la conoció; él sabía que era ella.  Él ya no estaba pero ella conservaba y repasaba una colección de imágenes mentales; las conserva y las mima como uno cuidaría una flor delicada; ya que esos recuerdos llenarían esos más de 60 días.  Ella  había dejado unas pesadas maletas cargadas como yunques con recuerdos; sin embargo, jamás se había sentido tan ligero como desde que la conoció. A él le acompañaba un perfume a tabaco incluso cuando no fumaba, esos cigarrillos le proporcionaban una aureola brumosa y daba la sensación que le cosquilleaban el cerebro, pues siempre le provocaban risas. El tenía una mirada dura, que helaba.  Cuando él hacía algo mal ella decía “ni una vez más” pero como siempre, su corazón tenía una relación más directa con sus labios.  Su corazón no era el más sólido del mundo pero creía en su entusiasmo, y nadie podría detenerla. Cuando él la abrazaba, ralentizaba  su ritmo cardiaco apoyando su cara en su pecho; al final terminaba cerrando los ojos y sonriendo.  Ella esperaba que sus recuerdos no se borraran poco a poco bajo el peso del tiempo. Ella se había cruzado con unas cuantas sonrisas generosas a lo largo de su vida; sin embargo; la que él a veces la dedicaba; era la más generosa sin duda que había visto jamás. Él había tenido ganas de confesarle todo el estima y reconocimiento que sentía por ella, multitud de palabras vacilaban su boca, pero se negaban a franquear el dintel de sus labios; le quedaban sus brazos, así intentaba trasmitirla el mensaje estrechándola contra él con todas sus fuerzas. Él tenía una paciencia infinita, ya que ella se dedicaba a perturbar su vida, a quitarle la paz y la calma.  Aunque ella conocía de más y de sobra  esa sensación de injusticia, jamás lograría acostumbrarse  a algunos de sus actos.  Ella sabía que este vínculo no era fácil todos los días. Él se comportaba como un jugador de pocker; jamás mostraba sus miedos y sus dudas. Se  conocían; lo hacían desde el primer momento; todo lo demás no importaba; ella le creía a él y él no dudaba de ella; todo lo demás no importaba. Él no la dio ni oro, ni plata; sino cosas para su aprecio de mayor importancia; entre las otras: sus peores días, con sus malas caras y miradas. Él no estaba allí para rendir cuentas a nadie, estaba allí para rendirse él.  Su voz la reconfortaba como un cálido y esplendoroso fuego de chimenea en una noche cálida de invierno. Ella no iba a ser sustituida, pues él no había sido capaz de controlar aquella magia.  Ella era su camello favorito.  El seguía en la azotea, ella nunca estuvo a la altura... Ella lo que jamás había sentido era el contacto amigable de aquella mano que meses atrás se había mostrado insensible, lo que nunca había visto en él era la luz tenue y melancólica de aquellos ojos en otros tiempos de mirada arrogante; ya no vio la menor sombra de separación que la hiciera temer que iba a perderle… nisiquiera esos más de 2000km.

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